Nota de una María que no sabía lo que era una nota (1ra PARTE)

Hoy me encontré una foto de Borges cuando era joven. Luego edité una mía como la anterior, en Alteridad de la Carne, pero me gustó más ésta.
Hasta Luego, mucha tarea en mi prepa chafa, les dejo un fragmento de un cuento que hice.
"Nota de una María que no sabía lo que era una nota"
Pensaba retratarme en el pecho la vereda que yace a la vista de la ventana, pero Nicanor quiso evitarme la molestia con el tieso ronroneo de sus caricias en mi tobillo.
Nicanor.
Así le dicen al gato Nicanor.
Ha de ser porque es un animal.
No lo creo.
Es tan negro que parece un sacerdote mirando las monjas que caminan por un convento. Más bien creo que su barbilla lo hace parecer un reverendo: blanca y extendida casi al pecho la mancha como zipper de barata entre Corral y Nogales. Pero no es ello lo que lo tiene tan serio conmigo. Tal vez tenga ganas de salir; no lo hace tan seguido, a veces pienso que le gusta rezar mientras se lame las uñas y la verija cuando su pereza le provoca su diminuta erección.
No es el caso.
A Nicanor le gusta que le platique lo que miro por la ventana, por eso le sugerí escucharme para que me diera su opinión sobre la aguja que habrían de pasarme para tener buganbilias y ladrillos como decorado de piel. No lo quiso así. Al menos eso creo. El otro día dejó su pose en dos patas para acercarse a mí, dejar un miau agotado en mi rostro, y que yo callara sin hacer otra pausa más que una caricia en su cráneo de garbanzo. Llevaba un dije de plata, algo amarillento por las coladeras donde suelen caer lo perros callejeros, fuera de las fábricas, con la carretera erguida y reseca sólo en su centro.
Cecilia.
Lo tomé porque decía Cecilia.
Con letras gordas y escurridas, casi verdes por algo que las hacía verse así de verdes. A su lado una nota, húmeda, apunto de despistarte en cada letra, sólo dos parecían derretirse a paso lento, lo cual no entiendo si todo el papel estaba lleno de agua y arena acremodalada con su tono de cacao. Pero así era, le dije a Nicanor, que esa noche parecía no escucharme, sino mirar lo mismo que yo miro cuando coquetea con el cuello torcido, y su cuerpo se posa en la ventana.
Nicanor.
¿Me escuchas?
Bueno.
No deje el dije colgado otra vez de la nada. Lo llevé al lavabo de la casa, sin cerrar la puerta trasera, pues sería demasiado ruido trasheado, molestia de paredes y pisos para notar mi presencia y que alguien preguntara dónde había estado (¿Por qué, Nicanor? Si nunca hay nadie…)
"Xorge ten musho kuidado, la cikiia esta tamben al otro lao, kon una donia ke la pode pasar sin tanto trabao. maniana voi pa la vulka con rodigo porke dise konoser al senior de los veajes. te mando esto con la donia y la cikia."
¿Donia? Habrá querido decir Doña, Nicanor. La leí otra vez, pero no sé si era la letra tallada o el agua que se había secado lo que hacía que no leyera su nota. Pero no sólo encontré el dije y la hoja casi sin palabra que se desmembrara por el agua[…]

